Day 30 / Día 30

Kansas update

 

It wasn’t until this very point that we felt that we had finally arrived to “middle America”. Such realization came at Chubby’s Diner in downtown Kansas City, where we saw the same locals both at midnight (when we arrived looking for an open joint in town) and at noon (trying to find a place that served breakfast all day). It is in places like these when one gets the strong sense that time has an autonomous cultural dimension that is able to stand still indefinitely. But we certainly had a hard time blending in.  Outside, a black man approached us while trying to sell us a golden chain. In his thick Kansan accent, he noticed our plates. “Are you from Alaska? You can’t even drive all the way there! 

The elegant and highly contemporary-looking facilities of the Kemper Museum contrasted with the academic nature of its program, such as a show of homage portraits of Nureyev by Andrew Wyeth, which resembled Picasso portraits circa 1901. As we had been left with thirst of some “contemporaneity”, and before hitting the road again, we decided to pay a spontaneous visit to Grand Arts, the prime contemporary space in the area, which is renowned for its production support to its resident artists. The place was closed, but at the door we incidentally ran into  director Margaret Silva, who to our surprise said: “oh, are you the artist who is driving to South America?” . To further our perplexity, our dear friend and fellow Brooklyn artist and neighbor Filip Noterdaeme happened to be in there, preparing a Kansas City walking tour for his project The Homeless Museum. Assistant Director April Calahan-McDonald gave us a tour of the space, including the behind-the-scenes production of a giant riverboat by Michael Jones-Mkein for a future show. 

After that brief art-world parenthesis, we went back onto the search for Middle America through the Bible belt towns. The same Kansas wind that swept Dorothy’s house away kept slowing us down. At 6pm we stopped for gas at the mysterious town of Cassoday, Kansas, “Prairie chicken capital of the world”. The different atmosphere of the town could be felt already at the old gas station. The town was silent and seemingly deserted, and we could only hear the wind hitting the tin walls of the houses. A Methodist church stood by, and we found the strange white cross in it somehow ominous. We left, with the feeling that we were being watched, and while this experience is hard to articulate, we concluded that all art students, instead of doing a study trip in Florence, would learn more about the world by spending a period in Cassoday. We left Kansas behind, looking at its beautiful, hilly and barren landscape, exactly around the area that sets the stage for In Cold Blood, and perhaps with a similar sense of fascination of open America that Truman Capote used to get down to the core of humanity.

At dusk, we crossed the state line and parked near a rest stop. A single building stood there, also seemingly abandoned, and its sign simply read, as if in a metaphoric manner: “Oklahoma”.

 

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No fue sino hasta este momento en el que verdaderamente sentimos que habíamos llegado al corazón de Estados Unidos. Dicha impresión vino al estar en el restaurant Chubby’s en el centro de Kansas City, cuando vimos a los mismos locales a la medianoche (pues andábamos en búsqueda de un restaurant abierto para cenar) y al mediodía (cuando buscábamos un restaurant que sirviera desayunos todo el día). Es en lugares como este donde se genera la sensación de que el tiempo tiene una dimensión cultural autónoma que es capaz de existir en intercia indefinida. Pero ciertamente nos era difícil integrarnos a esa realidad. Un hombre negro que se me acercó vendiendo una cadena de oro, notó nuestras placas de Alaska. “¿Son de Alaska? Pero si no se puede manejar hasta allí”.

Las instalaciones elegantes y ultra-contemporáneas del Kemper museum contrastaron con la naturaleza académica de su programa, como fue el caso de una serie de retratos-homenaje de Nureyev por Andrew Wyeth, que parecían revivir a Picasso en 1901. Dado que nos habíamos quedado con hambre de contemporaneidad, y antes de regresar a la carretera, fuimos a visitar Grand Arts, el espacio contemporáneo de mayor renombre en Kansas City conocido por el apoyo de producción que brinda a sus artistas en residencia. El espacio estaba cerrado, pero incidentalmente encontramos en la puerta a su directora, Margaret Silva, quien ante nuestra sorpresa nos dijo: “oh, no es usted acaso el artista que anda manejando hacia sudamérica?” Para incrementar nuestra perplejidad, nuestro querido amigo artista y vecino en Brooklyn Filip Noterdaeme se encontraba ahí, preparando un evento en conección con su proyecto The Homeless Museum. La asistente de dirección April Calahan-McDonald nos dio una visita guiada del espacio, incluyendo la monumental producción de un barco por Michael Jones-Mkein par a una próxima muestra.

Después de ese breve paréntesis del mundo del arte, procedimos en nuestra búsqueda de la américa meridional, pasando por los pueblos del “Bible belt”— zona caracterizada por su fe. El  mismo viento de Kansas que se llevó la casa de Dorothy en “El mago de Oz” no dejó de arremeternos, atrasasando nuestro paso.

Nos detuvimos en una gasolinera del misterioso pueblo de Cassoday, Kansas, cuyo letrero decía que es “la capital del mundo de los pollos de las praderas”. La atmósfera del pueblo contrastaba de inmediato y se sentía ya a la entrada. El pueblo estaba sumido en el silencio y parecía desierto, y sólo podíamos oir al viento golpeando en las puertas de lámina de las casas. Una iglesia metodista se erguía en una de las calles, mientras que en otra divisamos una cruz blanca que encontramos amenazante.

Nos fuimos conla sensación de que éramos observados, y concluímos que todo estudiante de arte, en vez del típico viaje a Florencia, se beneficiaría más de una visita a Cassoday, Kansas. Dejamos a Kansas atrás, dándole una última mirada a sus colinas y su paisaje sin árboles, exactamente por el área donde toma lugar la novela de Truman Capote “A Sangre Fría”, y quizá con la misma fascinación por la América abierta que inspiró a Capote para llegar a la raíz de la humanidad en su novela.

En lo que se ponía el sol, cruzamos la línea divisoria del estado y nos estacionamos junto a un descanso. En él, había un solo edificio, de nuevo sin gente, con un letrero que simplemente decía, como si de manera metafórica:  “Oklahoma”.